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Una familia de familias
¿Qué es la oración? PDF Imprimir E-mail

La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave que abre el corazón de Dios.

(San Pío de Pieltrecina)

Llamamos “oración”a esa forma de plegaria que consiste en ponerse en la presencia de Dios durante un tiempo más o menos largo, con el deseo de entraren una íntima comunión de amor con Él en  medio de la soledad y del silencio. Todos los maestros de vida espiritual consideran que “hacer oración”, es decir, practicar regularmente esta forma de plegaria, es el medio privilegiado e indispensable para acceder a una auténtica vida cristiana, para conocer y amar a Dios y para estar en condiciones de responder a la llamada a la santidad que Él dirige a cada uno.

El fin de la oración no es alcanzar lo que pedimos, sino transformarnos”. Green

LA ORACIÓN NO ES UNA TÉCNICA, SINO UNA GRACIA.

 

La oración no es un “yoga” cristiano.

 

La vida de oración no es fruto de una técnica, sino un don que recibimos. Santa Juana de Chantal decía: “El mejor método de oración es no tenerlo, porque la oración no se obtiene por artificio (por técnica, diríamos hoy) sino por gracia”.

Por tanto, la verdadera oración contemplativa es un don que Dios nos concede gratuitamente, pero hemos de aprender a recibirlo.

Hoy sobre todo, a causa de la amplia difusión de los métodos orientales de meditación como el Yoga, el Zen, etc.; a causa también de nuestra mentalidad moderna que pretende reducir todo a técnicas; a causa en fin de esa tentación del espíritu humano por hacer de la vida, incluso de la vida espiritual, algo que se puede manejar a voluntad, se suele tener, más o menos conscientemente, una imagen de la vida de oración como de una especie de “Yoga” cristiano. El progreso en la oración se lograría gracias a procesos de concentración mental y de recogimiento, de técnicas de respiración adecuadas, de posturas corporales, de repetición de ciertas fórmulas, etc. Una vez dominados estos elementos por medio del hábito, el individuo podría acceder a un estado de consciencia superior. Esta visión de las cosas que subyace en las técnicas orientales influye a veces en un concepto de la oración y de la vida mística en el cristianismo que da de ellas una visión completamente errónea.

 

¿Por qué errónea?

 

Porque se refiere a métodos en los que, a fin de cuentas, lo determinante es el esfuerzo del hombre, mientras que en el cristianismo todo es gracia, don gratuito de Dios.

La diferencia esencial es la que ya hemos expuesto; en un caso se trata de una técnica, de una actividad que depende esencialmente del hombre y de sus aptitudes, mientras que en el otro, al contrario, se trata de Dios, que se da libre y gratuitamente al hombre. Aunque cierta iniciativa y cierta actividad del hombre tienen su papel, todo el edificio de la vida de oración descansa en la iniciativa de Dios y en su Gracia.

LA ORACIÓN SE
BASA EN LA HUMILDAD

 

“El cimiento de la oración va fundado en la humildad, y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios.” (Santa Teresa de Ávila)

La humildad es la capacidad de aceptar serenamente la propia pobreza radical poniendo toda la confianza en Dios. El humilde acepta alegremente el hecho de no ser nada, porque Dios lo es todo para él. NO considera su miseria un drama, sino como una suerte, porque da a Dios la posibilidad de manifestar su gran misericordia.    

Es decir, en la convicción de que nada podemos por nosotros mismos, sino que es Dios, y sólo Él, quien puede aportar cualquier bien a nuestra vida. Esta convicción puede resultar un poco amarga para nuestro orgullo pero, sin embargo, es liberadora, pues Dios, que nos ama, nos impulsará infinitamente más lejos y más arriba de lo que podríamos llegar por nuestros propios medios.

Es cierto que hay personas que tienen más facilidad para recogerse, para cultivar hermosos pensamientos, etc., pero eso carece de importancia. Cada uno, si corresponde fielmente a la gracia divina según su propia personalidad, con sus dones y sus debilidades, es capaz de una profunda vida de oración. La llamada a la oración, es tan universal como la llamada a la santidad, porque una no va sin la otra. No hay absolutamente nadie excluido. Jesús no se dirige a una elite escogida, sino a todos sin excepción, cuando dice: “Orad en todo tiempo” (Lc21,36) o “Cuando te pongas a orar entra en tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt6, 6).

Ejemplo:

San Francisco Javier:  Cansado por los viajes y por el trabajo apostólico que llenaban toda su jornada, sólo tenía la noche para estarse ante el Santísimo Sacramento. A veces, la necesidad de dormir era tan fuerte, que dormitaba apoyado en el altar: “Dios mío, suspiraba, ya que mi espíritu no puede velar contigo, al menos quiero que mi cuerpo esté presente muy cerca de ti”.

Lo que asegura el avance en la vida de oración y la hace fructífera no es tanto el modo que se adopta para orar, como las disposiciones interiores con las que se aborda la vida de oración y se camina por ella: Nuestra principal tarea consiste en esforzarnos por adquirir, conservar e intensificar esas disposiciones del corazón. El resto será la obra de Dios.

Sin humildad no se puede perseverar en la oración. El humilde como no pone la confianza en sí mismo, sino en Dios, no se desanima jamás y, a fin de cuentas, eso es lo más importante. “Lo que pierde a las almas es el desaliento”, dice Lebermann. La verdadera humildad y la confianza siempre van parejas.

 
Ultima actualización:
Viernes, 04 Mayo 2012 - 11:33 (Esp)

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