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Una familia de familias
De la tristeza al gozo pascual con los Discípulos de Emaús PDF Imprimir E-mail

 

(Lc24,13-33)

La aparición de Jesús a los discípulos de Emaús es un episodio evangélico muy hermoso, que enseña todo un camino de conversión; es una catequesis. Siempre nos viene bien recorrer este camino.

Dos discípulos, en la tarde de Pascua, se dirigen a una aldea que dista de Jerusalén unos once kilómetros; se alejan del escenario de la pasión, que para ellos ha sido el final de todo, una derrota irremediable. Y al mismo tiempo se alejan de la comunidad de los discípulos. Las dos dimensiones del amor van juntas: quien se aparta del Señor, se aparta también de la comunidad.

Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos, pero no lo reconocen.

 

 

“Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo.” ¿Por qué? Es su modo de ver la pasión lo que les impide reconocer a Jesús resucitado. A menudo nos ocurre lo mismo a nosotros  también: en nuestra existencia hay situaciones penosas y contradictorias, a veces incluso muy dolorosas; si nos sentimos desconcertados, decepcionados, y sólo vemos el lado negativo, entonces no podemos darnos cuenta de la presencia de Jesús junto a nosotros. Jesús resucitado siempre está presente en nuestra vida, pero si no reconocemos el sentido positivo de la participación en su pasión, no podemos reconocerlo.

Jesús empieza la tarea de educar a los dos discípulos. El primer paso es el de hacer que hablen: “Les dijo ‘¿Qué conversación es esta que lleváis por el camino?’”. Ellos se detuvieron entristecidos: “¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?”. Jesús finge ignorarlo: “¿Qué ha pasado?”. Le cuentan lo ocurrido; se lo cuentan desde el punto de vista humano: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron? Nosotros esperábamos que Él fuera el libertador de Israel”. Una esperanza frustrada, porque no ven el sentido positivo de la pasión. Piensan que todo se ha acabado.

Entonces Jesús empieza a reeducar a los discípulos; se sitúa en el plano donde están ellos y los va conduciendo hasta donde está Él. Les lleva a reconocer su presencia de resucitado, lo cual se produce en dos tiempos: en un primer tiempo, Jesús empieza por explicar las Escrituras, en lo que éstas se refieren a la pasión: en un segundo tiempo, acepta sentarse a la mesa con ellos y renueva el gesto de la última cena.

PRIMER TIEMPO: Jesús, empezando pro Moisés y siguiendo por los profetas les explica lo que dicen de Él las Escrituras. Les dice: “¡Qué torpes sois para comprender, y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?”. Los sufrimientos eran el camino previsto para entrar en la gloria; y eso ya había sido anunciado, de modo que no tenían por qué estar sorprendidos ni decepcionados.

Con frecuencia esto nos ocurre también a nosotros. Muchas veces hemos oído hablar, sobre todo en los ejercicios espirituales, del proceso de la vida espiritual, de sus exigencias, de las situaciones en las que el Señor nos pide un salto cualitativo, una renuncia, o nos propone otra gracia… Estas cosas las hemos oído, pero cuando llega el momento, no sabemos ponerlas en práctica. Hemos tenido un gran deseo de seguir al Señor con generosidad, de soportar los sufrimientos y de ofrecerlo todo, pero después, cuando nos encontramos en estas situaciones, nos volvemos ciegos, no comprendemos que para nosotros son unas oportunidades maravillosas que deberíamos acoger con ahínco, porque son una gracia evidente; nos permiten alcanzar una unión más verdadera con el Señor y tener una vida más fecunda a su servicio. Si no lo entendemos así, nos sentimos frustrados y nos quejamos. Entonces Jesús tiene que decirnos: “¡Qué torpes sois para comprender, y que cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas! ¿No te había dicho que tenía que ser así? ¿No sabes lo que tienes que hacer? Tienes que mirarme a mí”. He aquí la primera etapa: recordar la revelación, las palabras de Jesús y las otras palabras de la Biblia, para aplicarlas a la situación actual.

SEGUNDO TIEMPO: Jesús acepta su invitación. “Le insistieron diciendo: “Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado.” Lo reconocieron al partir el pan, es decir en el gesto del don que revela el sentido positivo de la pasión, la generosidad de Cristo hacia nosotros, su amor que ha aceptado la muerte y ha transformado su sentido, haciendo de ella un don de vida. Fue entonces cuando lo reconocieron. Con este gesto, Jesús ha reactivado, por así decirlo, el sentido positivo de la pasión.

La Misa

Cada día en la eucaristía estamos invitados –es un privilegio- a recorrer este itinerario: la misa siempre tiene dos tiempos. Tenemos la liturgia de la palabra y la liturgia de la ofrenda: la una no está sin la otra, porque el pan eucarístico es un pan para la fe, para el amor, por eso tiene una relación estrecha con la Palabra de Dios. Todas las palabras de la Biblia adquieren su sentido definitivo gracias al misterio eucarístico y, por otra parte, sirven a este misterio, iluminan sus distintos aspectos. En la misa tenemos que vivir estos dos momentos: acoger el pan de la palabra, asimilarlo, ponerlo en relación directa con nuestra vida y acoger a Cristo, el pan vivo, Cristo resucitado.

La Misa, de hecho, es la presencia de Cristo resucitado, pan vivo y vivificante, pan que revela el sentido de la pasión y la realidad de la resurrección.

Los discípulos, una vez que han reconocido a Cristo resucitado en el gesto de partir el pan, se levantan. Ya están transformados. Ahora recorren el camino inverso: regresan a Jerusalén, al lugar de la pasión y vuelven a la comunidad de los discípulos para vivir en comunión de fe: “En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás, que les dijeron: “Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Es la comunión de fe la que lleva a la comunión de amor en una vida cristiana fraternal.

 

 
Ultima actualización:
Viernes, 04 Mayo 2012 - 11:33 (Esp)

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